Finalmente, el 12 de febrero de 1817 se libra la batalla de Chacabuco. Sobre el campo de batalla San Martín escribe el parte de guerra al gobierno central.

12 de febrero: Batalla de Chacabuco

Finalmente, el 12 de febrero de 1817 se libra la batalla de Chacabuco. Sobre el campo de batalla San Martín escribe el parte de guerra al gobierno central.

“Excmo. Señor: una división de 1.800 hombres del ejército de Chile, acaba de ser destrozada en los llanos de Chacabuco por el ejército de mi mando, en la tarde de hoy.

El honor de dirigir la Batalla

Seiscientos prisioneros, entre ellos treinta oficiales, cuatrocientos cincuenta muertos y una bandera, que tengo el honor de dirigir, es el resultado de una jornada feliz, con más de mil fusiles y dos cañones.

La premura del tiempo no me permite extenderme en detalles que terminaré lo más breve que me sea posible; en el entretanto debo decir a V.E., que no hay expresiones como ponderar la bravura de estas tropas; nuestra pérdida no alcanza a cien hombres.

Estoy sumamente reconocido a la brillante conducta, valor y conocimientos de los señores brigadieres don Miguel Soler y don Bernardo O’Higgins. Dios guarde a V.E. muchos años.

Cuartel general de Chacabuco, en el campo de batalla y febrero 12 de 1817.

Casi dos semanas después de esta victoria, el 25 de febrero de 1817, el director Juan Martín de Pueyrredón escribía a San Martín:

“¡Gloria al restaurador de Chile! Sí, mi amigo querido, la fortuna ha favorecido los heroicos esfuerzos de usted y la América nunca olvidará la valiente empresa de usted sobre Chile, venciendo a la naturaleza en sus mayores dificultades.

Usted venció y yo me glorío con usted y lo abrazo con toda ternura de mi alma reconocida a sus servicios. Ayer ha sido un día de locura para este gran pueblo. No tengo tiempo para expresar a usted los términos con que se ha explicado el sentimiento de regocijo público por la victoria de Chacabuco, cuya noticia llegó a las nueve de la mañana por pliego despachado con Luzuriaga.

La aclamación popular

Eran las once de la noche y aún se oía un ruido sordo de vivas en toda la ciudad. La fortaleza y seis buques de nuestra marina hicieron salva triple. Escalada que conduce los pliegos no ha llegado y me tiene su demora impaciente porque quiero imponerme de algunos pormenores de la acción.

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Lo que sé por Luzuriaga es que usted con dos escuadrones de granaderos tuvo que meterse entre las líneas enemigas. De esto infiero, o que la cosa estuvo apurada, o que no tuvo usted jefe de caballería de confianza, porque en todo otro caso yo acusaría a usted del riesgo en que se puso.

Dígame usted con la franqueza que debe lo que hubo en esto; mientras yo quedo en el más grave cuidado con la noticia que también me da Luzuriaga, de que en resultas de la fatiga personal que usted tomó en la acción quedaba muy afligido de su pecho. Por Dios, cuídese usted, porque su vida y su salud interesan extraordinariamente al país y a sus amigos 

El cruce de los Andes al mando del General San Martín

En enero de 1817, a pesar de las dificultades, San Martín logró emprender con su ejército el cruce de los Andes, una de las epopeyas más heroicas que recuerda la historia militar de la humanidad.

Integraban la expedición 5.200 hombres. Llevaban 10.000 mulas, 1.600 caballos, 600 vacas, apenas 900 tiros de fusil y carabina; 2.000 balas de cañón, 2.000 de metralleta y 600 granadas. En varios tramos del cruce de los Andes, San Martín debió ser trasladado en camilla a causa de sus padecimientos.

Sufría de problemas pulmonares –producto de una herida producida en una batalla en España en 1801-, reuma y úlcera estomacal. El 12 de febrero de 1817 el ejército libertador lanzó su fulminante ataque sobre Chacabuco. Fue el comienzo de la realización de un vasto plan ideado por San Martín para dar libertad a Chile y Perú a fin de asegurar así la independencia de América.

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El 29 de febrero de 1816 San Martín escribe al director Álvarez Thomas sobre su plan de avanzar sobre Chile para luego conquistar Lima. “Chile por su excelente población proporcionalmente a las demás regiones de esta América, por la natural valentía y educada subordinación de sus habitantes, por sus riquezas es el pueblo capaz de fijar la suerte de la revolución.

Él es el fomento del marinaje del Pacífico. (…) En este concepto nada más interesante que ocuparlo. Lograda esta grande empresa, el Perú será libre. Desde allí irán con mejor éxito las legiones de nuestros guerreros.

Lima sucumbirá, faltando los artículos de subsistencia más preciosos. Pero para este logro despleguemos de una vez nuestros recursos. Todo esfuerzo parcial es perdido decididamente.

La toma de este país recomendable debe prevenirse de toda probabilidad. Ella exige una fuerza imponente, espacio de tres o cuatro meses. De otro modo, el enemigo nos disputa el terreno palmo a palmo. Chile naturalmente es un castillo; la guerra puede hacerse interminable y entretanto variar el aspecto de la Europa; armas sólo que envíe la Península puede traernos consecuencias irreparables…

Por último, deben zarpar oportunamente de esas playas dos buques de toda consideración y porte, armados de cuenta del Estado y sujetos a órdenes del jefe del ejército, los que, cruzando las costas de Chile, contengan el escape de nuestros enemigos o los apresen con los grandes tesoros que de lo contrario pueden substraer, promoviendo sobre todo desde ahora estos preparativos para que nada falte en el momento precioso de la marcha.

Yo, por mi parte, protesto activar cuanto alcance en mis recursos hasta formar –si es de la aprobación de V.E.- cuadros completos de oficiales escogidos entre los emigrados, los que, uniformados a nuestra táctica, serán utilísimos y podrán llenarse fácilmente en aquel país donde por sus relaciones se deben merecer la confianza y aprecio de sus naturales”