El 18 de septiembre de 2006 desapareció en La Plata Jorge Julio López, principal testigo del juicio que condenó al ex policía Miguel Etchecolatz por delitos cometidos en el Proceso.

18 de septiembre: Desaparición de Julio Jorge López

El 18 de septiembre de 2006 desapareció en La Plata Jorge Julio López, principal testigo del juicio que condenó al ex policía Miguel Etchecolatz por delitos cometidos en el Proceso. López, un militante de base del peronismo, estuvo detenido-desaparecido en la última dictadura.

Fragmentos de ¿Quiénes se benefician con su ausencia?, nota de Adrián Murano en la revista Veintitrés, nº 430 del 28 de septiembre de 2006.

¿Por que desaparecieron a Jorge Julio López?

“Cuando se publique esta nota, Jorge Julio López llevará once días fuera de su hogar. Según quién lo califique, el testigo clave del juicio al represor Miguel Etchecolatz lleva ese tiempo ‘desaparecido’ -para los organismos de derechos humanos y el gobierno de Felipe Solá-, ‘secuestrado’ -sugirió el presidente Néstor Kirchner- o ‘perdido’ -como creen sus familiares-.

Pero, salvo que en las próximas horas se conozca la grata noticia de su reaparición, todos los adjetivos seguirán confluyendo en el mismo lugar común: el Estado no tiene rastros sobre su paradero.

La prolongada ausencia de este albañil jubilado de 77 años reanimó los peores fantasmas de la Argentina reciente. López, antiguo militante montonero de La Plata, fue capturado durante la última dictadura, vivió y presenció tormentos y asesinatos de lesa humanidad, y sobrevivió para contarle ante un tribunal.

La sospecha de que haya sido nuevamente secuestrado por manos policiales sensibilizó a millares de argentinos que en la noche del miércoles se manifestaron en distintos puntos del país. A medida que pasan las horas, crece la angustiosa inquietud de allegados, vecinos y una multitud de argentinos que no quieren asistir a una remake de la historia.

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Si, como la mayoría de la sociedad espera, López retorna pronto a su hogar, el episodio aliviará a millones de almas y apenas dejará un regusto amargo. Si, en cambio, la ausencia del testigo se sigue prolongando, apenas un puñado de argentinos podrán creerse en condiciones de sentir alivio: ese grupo de policías represores a los que López identificó en el juicio y que podrían correr la misma suerte que el ex jefe Etchecolatz.

Solá arriesgó la hipótesis más temida: ‘No descartamos que haya policías implicados en la desaparición’, dijo, un día antes de que Kirchner lo conminara a borrar la palabra ‘desaparecido’ de su diccionario.

La pista esbozada por el gobernador disparó dos máximas de la criminalística. Uno de esos principios tiene rasgos locales: todo crimen político que se comete en territorio bonaerense tiende a apuntar a la cuestionadísima policía provincial. La otra máxima es universal: para saber quién puede estar detrás de un crimen, es preciso identificar a las personas que se benefician en ese hecho. En el caso de López, ambos principios parecerían desembocar en el mismo lodazal.

Las declaraciones de López

Quienes presenciaron las distintas declaraciones del albañil -testimonió cuatro veces desde 1998- aseguran que contaba con una memoria prodigiosa. ‘Retuvo detalles que nos sorprendían a todos’, explicó Guadalupe Godoy, una de las abogadas de la querella que trabajó en la presentación de López. Y agregó: ‘Por eso su declaración fue tan importante, y por eso estoy segura de que era perfectamente capaz de reconocer a sus torturadores’.

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En su exposición ante el tribunal, López puntualizó otros hechos y protagonistas. ‘Cierta vez -recordó- vinieron dos tipos, eran los «llaveros». Les habían puesto así porque eran los que abrían las puertas de las celdas.

Venían para limpiar, pero cuando me vieron a mí uno me dijo: ‘Mirá, se salvó este’. Yo les pregunté cuándo me iban a matar, que prefería estar muerto a estar ahí frío y sucio. Y uno de ellos me contestó: ‘Acá no matamos a nadie’. Al que hablaba lo reconocí, era Rudi Calvo, uno que vivía cerca del cementerio.’

En su extensa declaración, López agregó más nombres a la lista: Jorge Ponce, un vecino suyo que manejó el camión que lo trasladó a la Unidad 9; los policías Gigena, Peralta y Recalde, de la comisaría 8ª, y hasta monseñor Antonio Plaza, al que vio dos veces desde su celda de cautiverio acompañado por ‘otro cura alto, con canas en las sienes y acento español’.

Nombres, gestos y facciones que López retuvo durante treinta años a la espera de que se hiciera justicia. Hombres que sentirían alivio si la palabra de un albañil jubilado de 77 años no se volviera a escuchar en un tribunal. Personajes de una Argentina macabra que no debería volver a nacer nunca más.”