En la Posta de Arequito se sublevaron las tropas del Ejército del Norte de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra la autoridad del Directorio, siendo estas comandadas por el General Juan B. Bustos

7 de enero: Sublevación en la Posta de Arequito

En la Posta de Arequito se sublevaron las tropas del Ejército del Norte de las Provincias Unidas del Río de la Plata contra la autoridad del Directorio, siendo estas comandadas por el General Juan B. Bustos, Coronel Alejandro Heredia y el Comandante José María Paz, sería este grupo de hombres, el Ejército del Norte de las Provincias Unidas del Río de la Plata el que se levantaría contra el Directorio.

La gesta se dio en la localidad de Arequito en la Provincia de Santa Fe, a unos 80 km de Rosario hacia el oeste, en las inmediaciones del Río Carcarañá.

La guerra del Alto Perú

Luego de estas acciones, se apuntaron todas las fuerzas a la guerra en el Alto Perú y todo desembocaría en la extinción del mismo Ejército del Norte y el punto final a la conformación del Directorio e impulsando el proceso político y militar conocido como lo que fue la Anarquía del Año XX.

A principios de enero de 1820, la columna se acercó a jurisdicción de la provincia de Santa Fe y al atardecer del día 7 acampó en la Posta de Arequito en territorio gobernado por Estanislao López, que con sus montoneros comenzó a vigilar los movimientos de las fuerzas nacionales. (1)

¿Qué ocurrió esa noche en las unidades del Ejército?

¿Que diera origen y motivos a que la agrupación de tan honroso historial contra el enemigo exterior desapareciera como fuerza nacional, absorbida por la confusión de la guerra civil?

Cuando las tropas salieron de Capilla del Pilar, era conocida la falta de cohesión que existía en las unidades.  Muchos oficiales manifestaban claramente que no estaban dispuestos a emplear las armas contra sus hermanos del Litoral y los soldados y clases –que en su mayoría eran oriundos del Norte y Centro- con la marcha hacia Buenos Aires interpretaban que se alejaban de sus hogares para ir en defensa de una causa que les era indiferente.

Y, por si esto fuera poco, el descrédito del Directorio era absoluto, en tanto el federalismo cada día contaba con mayor cantidad de simpatizantes.

Antes de llegar a la Posta de Arequito, Fernández de la Cruz ya había tenido que adoptar algunas medidas, separando a varios oficiales que estaban sindicados como comprometidos en una revolución que podría hacer crisis en cualquier momento.

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Entre ellos, se confinó en Mendoza a los orientales Eugenio Garzón (más tarde general) y Ventura Alegre, por cuyo motivo se cruzaron cartas el general San Martín y el comandante accidental del Ejército Auxiliar.

Pero no se tomaron medidas con el Jefe de Estado Mayor General Juan Bautista Bustos y con el tercero en el mando coronel Alejandro Heredia, cuyas actividades subversivas eran perfectamente conocidas.

Gregorio Aráoz de Lamadrid, que fue protagonista en los episodios previos al Motín y que cuando éste hubo triunfado, inicialmente, permaneció leal a Fernández de la Cruz, hizo el siguiente relato:

“Lleno el general Cruz de antecedentes, nos había reunido dos o tres veces en su casa, y secretamente, a todos los coroneles, incluso al teniente coronel y Jefe del 2, Bruno Morón, que merecía nuestra confianza, para consultar el partido que debería tomarse con el coronel mayor Bustos, que era la cabeza principal.

Todos los compañeros se encogían de hombros, conocían que sin separar a dicho jefe no se cortaría el mal, pero no se atrevían a aconsejar al general que diera ese paso resueltamente, en razón de justos temores que tenían de complicidad en algunos de sus oficiales y tal vez de la misma tropa.

“Me acuerdo que resueltamente dije yo al general en presencia de todos ellos no una, sino todas las veces que nos reuníamos al efecto: ¡Si el señor general quiere autorizarme, ahora mismo voy y lo fusilo al general Bustos en presencia de su regimiento.

No tengo yo temor alguno de que ningún individuo de mi cuerpo me sea infiel, al menos en la tropa!, pero el general nunca se atrevió”.

Por supuesto que no puede asignarse fundamental valor a ciertas partes del testimonio de Lamadrid, cuyo histrionismo lo llevó con frecuencia a efectuar declaraciones jactanciosas totalmente alejadas de la realidad.

Pero, sobre lo que no pueden quedar dudas, es en lo inherente al papel del general Bustos en los acontecimientos que estamos tratando, que Lamadrid ubica perfectamente.

Cabría preguntarse entonces ¿por qué Fernández de la Cruz no tomó medidas con su Jefe de Estado Mayor para evitar la revuelta, si conocía a su inspirador?.  Es indudable que si no lo hizo es porque no pudo, considerando el prestigio de que gozaba el adversario, no sólo en su unidad, el Regimiento Nº 2 de Infantería, sino en todo el Ejército, por lo cual prefirió esperar el desarrollo de los sucesos sin precipitarse.

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En la noche del 7 al 8 de enero, Bustos y Heredia ordenaron detener a los coroneles Cornelio Zelaya, del Regimiento de Dragones y Manuel Antonio Pinto, del Nº 10 de Infantería y al teniente coronel Bruno Morón, a cargo accidentalmente del Nº 2 de la misma arma –cuyo titular era Bustos- procediendo a sublevar a las unidades, que levantando los vivaques arrastraron a un Escuadrón de Húsares que se plegó al Motín, marchando a establecerse en un nuevo campamento a unas diez cuadras de distancia del anterior.

Tiene singular valor histórico determinar los verdaderos objetivos que se persiguieron al producir el Motín, puesto que de esa manera estaremos en condiciones de desvirtuar infundios que sin ningún argumento colocaban a Bustos, Heredia, Paz e Ibarra en concomitancia con los montoneros y los jefes federales.

Nada más inexacto y Paz en sus “Memorias Póstumas”, no obstante su antipatía manifiesta hacia Bustos, lo demuestra palmariamente.

“Puedo asegurar –dice Paz- con la más perfecta certeza que no había la menor inteligencia, ni con los jefes federales ni con la montonera santafecina; que tampoco entró, ni por un momento, en los cálculos de los revolucionarios unirse a ellos, ni hacer guerra ofensiva al Gobierno ni a las tropas que pudieran sostenerlo.

Tan sólo se proponían separarse de la cuestión civil y regresar a nuestras fronteras, amenazadas por los enemigos de la independencia; al menos éste fue el sentimiento general, más o menos modificado, de los revolucionarios de Arequito; si sus votos se vieron después frustrados, fue efecto de las circunstancias, y más que todo, de Bustos, que sólo tenía en vista el gobierno de Córdoba, del que se apoderó para estacionarse definitivamente”.

Las manifestaciones precedentes son claras y ponen sobre el tapete los verdaderos móviles que impulsaron a los rebeldes a interrumpir su marcha a Buenos Aires, desobedeciendo a las autoridades centrales.

Paz es concluyente: no hubo problemas contra Fernández de la Cruz, ni tampoco diferencias en el plano ideológico; se buscó apartar al Ejército Auxiliar de los conflictos internos, sin que ello supusiera tomar partido a favor de los federales y finalmente se resolvió regresar a la frontera para continuar la lucha contra el enemigo exterior.