Cuando sos Infiltrado o Tenes Complejo de Culpa.

Adrián Murano, Relato en Primera Persona
Publicado hoy en Tiempo Argentino

 

Los vi venir por Solís desde Alsina hasta Yrigoyen. No eran más de 15. Capuchas, pañuelos, mochilas negras Jansport y una banderita flamante atada a una tacuara con las siglas “CPT”.

Faltaba hora y media para las dos de la tarde. La hora señalada por el oficialismo para que la Cámara de Diputados inicie la sesión. De los coros de salón (“el pueblo unido jamás será vencido”) pasaron a las amenazas a los policías que, tras las vallas, los miraban hacer. De una mochila salió una piedra que, arrojada al suelo, multiplicó las baldosas en cascotes. De otra mochila salió una botellita de agua mineral repleta de un líquido azulado. “Están acá” dijo un policía por handy. Segundos después, a las dos menos cuartos, se desató una batalla campal.

Mientras miles y miles confluían en Plaza de los dos Congresos en paz para manifestar su rechazo a las reformas, encapuchados y policías danzaron la coreografía del horror: unos tiraban piedras, morteros y bulones con honderas, los otros gases y balas de goma. Las columnas de gremios y organizaciones sociales detuvieron su marcha a la altura Paraná, pero sin replegar. Hicieron de tapón para que los miles que se aproximaban por Avenida de Mayo quedaran a distancia de la refriega que ocurría a la vera de las vallas.

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Pasadas las dos y media, patrullas de infantería ingresaron a la plaza desde Virrey Cevallos, Montevideo, Rodríguez Peña y Solís. Los encapuchados de ambas orillas (Yirigoyen y Rivadavia) confluyeron en el centro de la Plaza. Quedaron rodeados, pero nadie los detuvo. Por el contrario, la infantería que llegó desde las calles laterales dio vuelta sus armas y comenzó a disparar hacia las columnas que se habían detenido en Paraná. La provocación suscitó la respuesta de grupos de manifestantes, la mayoría identificados con partidos de izquierda, otros sin identificación a la vista. La mecha iniciada por los encapuchados detonó, entonces, en las escenas de violencia que durante horas deleitaron a la tevé.

Para las 15.30 ya casi no quedaban encapuchados en la plaza. Se multiplicaban, en cambio, las escenas ya conocidas de policías lastimados, cacería al voleo, periodistas baleados y gaseados, manifestantes heridos, uniformados cebados golpeando y disparando a todo el que se moviera. A las 16.00 el aire era irrespirable desde la plaza hasta Sáenz Peña. Llovían gases lacrimógenos. Literalmente: la policía disparaba desde la terraza del edificio de La Caja, donde funciona el anexo del Senado.

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Entre las 16 y las 17, otros grupos de encapuchados brotaron en distintos puntos de Avenida de Mayo y calles contiguas. Atacaron comercios, vehículos, contenedores de basura. Algunos manifestantes exaltados les siguieron el juego violento. Con la plaza bajo control, y el perímetro de seguridad ampliado hasta Paraná, aparecieron en escena patrullas de Gendarmería y Policía Federal que asistieron a los metropolitanos en la cacería de manifestantes. Hasta las 17.30, momento en el que comencé a escribir este texto, observé una decena de detenciones. En ningún caso se trató de encapuchados.

La Argentina tiene una larga tradición de organizaciones populares y marchas infiltradas por servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad. En 1988, una gigantesca marcha convocada por la CGT terminó en una batahola que destrozó, entre otras cosas, las vidrieras de la sastrería Modart. Investigaciones periodísticas y judiciales demostraron que aquellos episodios fueron instigados por servicios de inteligencia infiltrados entre los manifestantes. Funcionarios de aquel gobierno radical hoy forman parte de Cambiemos.

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